No me lo quito de la cabeza. Pasan los días y siguen repitiéndose las imágenes… La verdad es que tanto avión y movimiento marea. Pero es que Japón es… distinto. Viniendo de Irán es… otro mundo. Llegar al aeropuerto y ver todo tan limpio. Tan bien dispuesto. Colas que la gente respeta. Personal que sonríe cuando te pide algo. Claridad, orden… ¡parecía estar soñando!

En esos sueños se suceden muchas luces de neón y grandes edificios, bicis y “trenes bala”. Me adentro en perspectivas futuristas a las que me acerco y accedo atravesando templos budistas y jardines zen, todo ordenado y limpio. Tan limpio que no me atrevo a tirar nada al suelo a pesar de no encontrar ninguna papelera en todo el país. Me topo con barrenderos en traje, con camareros que rechazan mis propinas y con infinidad de dispensadores de bebida por cualquier calle o monumento. Y la gente me sonríe como hipnotizada, no paran de repetir “Arigato Gozaimasu” inclinándose. Hay kimonos, Yukatas, minifaldas, trajes, pelos de todos los colores, carteles de todas las marcas que conozco y de las que desconozco; y gente, mucha gente.
Llueve, truena; hace mucha humedad. ¡Muchísima humedad! Me siento en una
cafetería en donde suena jazz. Y “se respira” jazz. Me siento como en
una película de Woody Allen ¿Rodará en Tokio cuando dice que es
Manhattan? No, debe ser en una de Wong Kar Wai. Puede
ser. ¿O es en un libro de Murakami? Estoy aturdido, debo relajarme. Qué
mejor sitio que tomando un cóctel con Isa en el Park Hyatt (Lost in
Translation), escuchando a un trío de jazz con la tormenta descargando
sobre Tokio, ahora a nuestro pies. Mucho mejor.
Es en ese trance cuando disfruto. Nos vamos a Odaiba para admirar desde
la isla artificial el enjambre de luces que conforman el eskailain.
Tremendo. Foto, foto. Y vuelta, que tenemos un “Nomihodai” (todo
incluido) con Eider, Asier y Alex. Y se une Pintor. Y Makiko se viene. Y
vamos al Karaoke. ¡Qué grande el Karaoke! Una sala privada con barra
libre en la que destrozar tus temas preferidos. Un privilegio. Para
rematar, al Womb (Babel), disco de renombre en el que la música
atronadora diluye todas las letras kanjis y las ciudades y los templos. Al
son de la misma se agolpan frikis de Harakuyu, pijas de Omotesando,
adolescentes de Shibuya, yupis de Shinjuku, monjes de Meiji y Nara,
Geishas de Kyoto, jóvenes de Dotombori, pescadores del gran puerto de
Tsukiji. Incluso la gente se convierte en dibus manga de Akihabara. Y
entonces…Ahí me despierto. ¿Fue todo un sueño?...
Para salir de dudas, entro en “Mis fotos de Picasa” ;-).